Sin previo aviso, uno se topa contra la pared.

Volteas hacia arriba, luego hacia abajo y lentamente hacia los lados, observando el objeto que impide tu camino. Lo estudias y concluyes que, efectivamente, es una pared. Las cosas obvias son las primeras en saltar a la mente, sin poder evitarlo.

Hasta ese momento no te habías dado cuenta de tu existencia, por dónde habías ido. No sabías quién eras o cual era tu propósito. Nada de eso importaba ya, el simple hecho de la existencia de la pared le había dado un sentido a tu recién descubierta vida consciente.

La observas un rato más. Caminas hacia un lado, intentando vadearla. Claro, eso es lo más lógico. Sin embargo, después de algunos días de camino te das cuenta de que la pared continúa por kilómetros y kilómetros de tierras desconocidas. No vale la pena seguir si desperdicias toda tu vida, ¿No es así? ¡Y recién descubierta! Lo piensas inadmisible y vuelves a observar con detenimiento la pared.

Por supuesto, la segunda cosa más obvia era escalarla o realizar una escalera. No obstante, la pared, aunque no demasiado alta, era lisa y sin rugosidades y no contabas con los materiales para realizar una escalera. Decides acampar una noche más, pensando en el problema.

Al dormir, sueñas con esa misma pared. Te visualizas logrando tu meta, conquistando tu obstáculo, demostrando tu fuerza. Cuando te levantas, te sientes motivado para la tarea. Te sientas a pensar en el que crees que será el día más importante de tu vida.

Pasan los minutos, las horas. La desmotivación empieza a entrar en tu ser, poco a poco, comiéndose tus energías. La alegría empieza a dar paso a la desesperación. Te agitas. Piensas en lo bueno que hubiera sido no darte cuenta de tu existencia, seguir caminando errante, sin rumbo, sin conciencia.

Entonces miras enfrente. La pared. Esa maldita pared que al tocarla te había extendido su maldición del estar allí. Te preguntabas si, muy dentro, un objeto también podría tener sentimientos. Te planteas ir y averiguarlo. Perdiendo tu racionalidad empiezas a golpearla con tus nudillos, hasta que se rompen. Con tus piernas, hasta que se rompen. Con tu cabeza, hasta que te desmayas.

Te despiertas. El dolor es inmenso. Insoportable. Te dan ganas de desmayarte de nuevo, pero el presentimiento de no poder abrir los ojos de nuevo te mantiene despierto. En tu agonía llegas a la conclusión de tu vida. Piensas que, quizá, otras personas deberían saberlo. Y sólo quizá… tal vez, les pudiera servir. Te apresuras y, en la lisa pared, con la sangre en tus dedos, escribes un último mensaje con dibujos, ya que no sabías de ningún lenguaje para expresarte. Si había alguien, un ser superior, le rogaste que ese mensaje fuera entendido. Así, dejas tu único legado en el mundo y, como obra maestra de la coincidencia o del destino, al terminar expiras tu último aliento.

Hay un relato en una aldea cercana a la pared. Un relato tan viejo como la pared misma. Cuenta como un hombre se mató queriendo cruzarla, y, con su último respiro, dejó un mensaje, su verdad. Aunque para muchos era ilegible, otros parecían entenderle, y lo traducían de esta manera: “Aunque así yo quisiera, la pared no tiene la culpa de mi desdicha. La libertad solo se la quita uno mismo”.

Lo obvio, como es evidente, siempre se piensa primero.

 

PD: Este fue un escrito mío de hace un año y medio. Si no lo había publicado es porque lo tenía olvidado en mi memoria.

 

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